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Friday, 14 October 2011

Facilidad para el sexo. Vamos a decirlo; follar (de una vez)


Os quejáis de que las mujeres (chicas, tías… El género femenino en general, vamos)
lo tienen más fácil; que si quieren follar, follan. 

“Y en una discoteca a una tía os entran tres
vosotras elegís cuándo
ojalá fuera así para nosotros joder, joder
ahora me enfado y no respiro” Ellas cuando quieren, ellos cuando pueden.

Siempre el mismo discurso, este que no argumenta, este que sólo expone quejas.

No es un tema fácil, porque estoy dentro de este grupo, y se supone que yo también gozo de esa facilidad digamos “folleresca” -porque la verdad, me parece una bella palabra- y además, con esta crítica (que no es más que constructiva,  porque esto nos iba a venir bien a todos) aún podría parecer que aquí se defiende el feminismo. No, y además nada más lejano a eso.

Pero no, en serio, pensad una cosa; propongo una reflexión colectiva:
creo que en el momento que dejéis de referiros a las chicas (mujeres, género femenino, etc.) con palabras tales como puta, zorra, guarri, chochi, zorrita o cachonda, y demás gilipolleces que además de no significar nada de por sí, son utilizadas para cualquier tipo de comentario -porque debe de ser que pegan con todo, joderyyosinsaberlo- 
se pondrían mucho más fáciles las cosas.
Sobre todo porque no habría tanta tirantez sexual. 
Mucha más libertad; las cosas serían de otra manera, más limpias y legales.

De verdad, dejad el vicio. Dejadlo ya…
Vosotros y vosotras,
que sí, supongo que debe de ser muy duro dejar de anteponer un “guarra”
 para designarnos ante casi todo lo que hacemos, pero todo es posible, oye.


De buenas lo digo; os ibais a hartar a follar, 
todos.



B.

Tuesday, 22 March 2011

Debate sobre la corrección política: respuesta

LAS ABURRIDAS NORMAS DE LA VIDA



Hace tiempo escuché una cita que ahora se me presenta en globo: “El hombre satisfecho es feliz aceptando su mundo, mientras que el  insatisfecho es feliz dándole forma”.
  Yo ni soy hombre, ni estoy satisfecha y eso de que pretendan que todos seamos iguales me toca bastante los… Porque ¿para qué? ¿Para qué ser diferente del resto? ¡Ah! Para que podamos pensar. Error; sin pensamos, ya no estamos todos de acuerdo y entonces claro, la gente se revoluciona, se crean los extremos y empezamos a crecer… Y a ver quién es el listo que restablece el orden otra vez… ¡Que no! Que se han empeñado en creer y en hacernos creer que hay un orden; pero tal orden no existe.
  También hay otra posibilidad, que es no pensar por ti mismo. Pero entonces, ¿qué seríamos? Fácil, seríamos justamente nadie, pensando exactamente en nada; o unos fachas de mierda o unos rojos acabados…
  Te recuerdo que las normas están para romperse. Destrózalo todo. Y que te den, Ibrahím.

B.

Debate sobre la corrección política

ORACIÓN -QUE NO DISCURSO- SOBRE LA INNEGABLE
RELACIÓN ENTRE CORRECCIÓN Y UNIDAD SOCIAL
Pronunciada por Don Ibrahím de Ostolaza, honorable miembro
de la Academia de Argamasilla



   “Desde muy antiguo, el hombre se ha educado en una serie de normas que le han servido para humanizar, aún más si cabe, su papel en la sociedad. Ya en la antigua Grecia, bien lo saben ustedes, los sabios perfeccionaron la manera que el hombre tenía de relacionarse con sus semejantes. De ahí, precisamente, la palabra política. Para los griegos, la polis (en griego, πóλις) no sólo era la ciudad, sino también todo lo que de ella derivaba; constituía una unidad social, política, económica, cultural… y de todos los órdenes habidos y por haber. Tanto es así, que esta idea de sociedad como perfecta y equilibrada comunión, esta idea de deberse a un bien común, se ha mantenido a lo largo de la historia idéntica a sí misma, y ha sido respaldada, además, por numerosos e importantes pensadores, como Rousseau —Dios le perdone sus otros pecados— y su contrato social. Y créanme si les digo que ha llegado finalmente casi intacta, incólume, inmaculada, hasta nuestros días.
No obstante, este profundo espíritu de colaboración no siempre se ha visto apoyado por la totalidad de los individuos a los que compete. Nunca ha sido poco común la existencia de sujetos que contradecían esta intención de vida en consonancia, o incluso —ha de reconocerse así— que la rechazaban rotundamente. Los cuales no podrían ser considerados más que seres totalmente distantes de este núcleo común, pues —como decía Aristóteles y corroboró más tarde el santo de Aquino— aquel que niega aquello que es natural para sí mismo no demuestra más que su propia inferioridad o, por contra, su superioridad frente a lo que es en sí. Como bien puede asegurar cualquiera que hubiere, como yo, estudiado la cuestión, esa unión social ha sido siempre reclamada por los grandes sabios, porque siempre ha sido, es y será algo absolutamente necesario. Esta es la razón indubitable por la que el hombre ha desarrollado esa serie de características que favorecen el cumplimiento de tal propósito. Referímonos, es evidente, a cuantas leyes, normas, hábitos o comportamientos cuyo objetivo común es una mayor unión entre todos, unión que desemboca finalmente en un enriquecimiento y desarrollo óptimos. Así pues, evitar esta congregación que de tal manera nos favorece no es propio más que de necios. ¿Acaso no necesitamos de los demás para conformarnos a nosotros mismos? ¿Acaso no es nuestra persona resultado de interacción con los de nuestro alrededor? Efectivamente, así es; de modo que —en la humilde opinión de este que les habla, don Ibrahím de Ostolaza, honorable académico de Argamasilla— nuestras acciones y comportamientos deben ser siempre, siempre y siempre estrictamente acordes con este espíritu de comunión por el que el hombre tan duramente ha luchado”.
—¿Ha hecho ya caquita la nena?

E.